“Como quiera que fuese, no hay duda que se formó el campo español en las márgenes del Guiniguada, a una legua corta del puerto; que lo fortificaron con una gran muralla de piedras y troncos de palma; que se construyó un torreón y un largo almacén para las provisiones; que se intituló desde luego el “Real de Las Palmas”, a causa de la gran copia que había de ellas, todas frondosas y eminentes, y que se edificó la pequeña iglesia de Santa Ana, ermita ahora de San Antonio Abad”

Así describió Viera y Clavijo, en su Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria, la fundación de la ciudad de Las Palmas, donde transcurre nuestra novela 373 años después.

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