“- Y hablando en hipótesis- dijo- : ¿sería posible hacer un viaje directo sin carga ni pasajeros, sin tocar en ningún puerto, sin nada?

El capitán dijo que sólo era posible en hipótesis. La C.F.C. tenía compromisos laborales que Florentino Ariza conocía mejor que nadie, tenía contratos de carga, de pasajeros, de correo, y muchos más, ineludibles en su mayoría. Lo único que permitiría saltar por encima de todo era un caso de peste a bordo. El buque se declaraba en cuarentena, se izaba la bandera amarilla y se navegaba en emergencia. El capitán Samaritano había tenido que hacerlo varias veces por los muchos casos de cólera que se presentaban en el río, aunque luego las autoridades sanitarias obligaban a los médicos a expedir certificados de disentería común. Además, muchas veces en la historia del río se izaba la bandera amarilla de la peste para burlar impuestos, para no recoger a un pasajero indeseable, para impedir requisas inoportunas. Florentino Ariza encontró la mano de Fermina Daza por debajo de la mesa.

– Pues bien- dijo- :hagamos eso.”

(Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera)

 

Los grandes cataclismos, como las epidemias, cambian el orden de las cosas, favorecen encuentros y sucesos extraordinarios, pero, después, una vez pasa la tragedia, ¿todo vuelve a la normalidad? Y así les sucede a los protagonistas de la novela que, como Florentino Ariza y Fermina Daza, viven un amor descabellado.

 

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